Al despedir un 2025 que deja una huella profunda y dolorosa, el país está obligado a mirarse al espejo con honestidad. Las cifras de asesinatos, los accidentes evitables y la violencia cotidiana no son hechos aislados ni simples estadísticas: son el reflejo de una sociedad que ha venido perdiendo sensibilidad, respeto y sentido de comunidad. Lo más grave no es solo lo que ocurre, sino la forma en que hemos empezado a normalizarlo.
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