Costa Rica se nos está yendo de las manos. Ya no hablamos solo de robos o asaltos; hablamos de muertos, de asesinos que andan por la libre, disparando por encargo, quitando vidas a cambio de una paga. En esta violencia desatada ya existen daños colaterales: personas que no tenían nada que ver, familias destrozadas y, lo más doloroso, niños que han resultado heridos o han perdido la vida en medio de balas que no distinguen edades ni inocencias. Y aunque solemos señalar únicamente a las autoridades, también debemos mirarnos como sociedad.
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