De lo nauseabundo al vandalismo

El monumento al bombetero Mario Cañas Ruiz, en el parque del mismo nombre en Liberia, fue desfigurado por una mano destructora.

Redacción

La sencilla y risueña Liberia parece hoy confinada al tintero del poeta. Aquella ciudad de olor a monte y tierra mojada, en la que crecimos entre polvazales de cascajo que dieron origen a la llamada Ciudad Blanca, se diluye en el recuerdo. 

Ese aroma, que era identidad y pertenencia, se desvanece ahora entre ráfagas de viento que cruzan calles heridas y barriadas desarticuladas por el abandono. Se pierde también entre el eco seco de las balas que, desde la llamada «zona viva», anuncian que otros códigos han ocupado el espacio que antes pertenecía a la convivencia.

Caminar hoy por Liberia no es lo mismo. La sensación de seguridad, que era parte natural del paisaje cotidiano, ha sido sustituida por la incertidumbre. La recién fundada Policía Municipal, junto con la Fuerza Pública y otros cuerpos policiales, no da abasto para contener una realidad que desborda sus capacidades. 

La cabecera provincial, que fue símbolo de hospitalidad, parece atrapada ahora por los modismos de la violencia y el deterioro social.

La vara del trombón del músico Felipe Pérez, quedó en alambres tras ser vandalizada.

El vandalismo, por ejemplo, ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en señal de una enfermedad más profunda. Monumentos históricos, testigos silenciosos de la memoria liberiana, han sido destruidos en el parque y en los alrededores del corazón de la comunidad. 

No es solo la obra lo que se destruye, sino el vínculo con la historia, el respeto por lo que somos.

También hay otra forma de agresión, menos estridente y más persistente: la degradación cotidiana. 

Basta caminar por las aceras de la zona comercial frente al hospital Enrique Baltodano Briceño para comprobarlo. En los cordones y caños, el olor nauseabundo marea y agrede las fosas nasales. Resulta irónico que esa realidad conviva, a escasos metros del Ministerio de Salud. La contradicción es tan evidente como dolorosa.

En su última sesión ordinaria, la Municipalidad de Liberia acordó enviar funcionarios a supervisar la actividad.

Así, de aquella Liberia risueña y alegre queda hoy una ciudad que luce lacrimosa y triste, como si algo esencial se hubiese quebrado en su espíritu.

Y, sin embargo, inician las Fiestas Cívicas. Se anunciarán con pólvora, música y discursos. Se gritará el  “guip… guip… guipipía!”, como sí la celebración bastara para ocultar lo evidente.

Liberia no necesita solo fiesta. Necesita, con urgencia, recuperar el respeto por sí misma, ser la sencilla y risueña del poeta.

En los alrededores del Hospital Enrique Baltodano Briceño, y muy cerca del Ministerio de Salud, el olor a caño es fuerte.
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