Desde pequeñas ciudades de Iowa hasta las calles agitadas de Nueva York, un grupo de jóvenes estadounidenses llegó a Costa Rica con una misión que va mucho más allá de enseñar gramática y pronunciación

Redacción
Cuando Rose empacó su maleta y se despidió de su familia en Estados Unidos, sabía que el viaje sería largo. No solo por los miles de kilómetros que la separaban de casa, sino por todo lo que implicaba comenzar una nueva vida en un país desconocido, lejos de sus rutinas, amistades y certezas. Lo mismo sintieron Ezequiel y Lucas.
Como ellos, otros 30 voluntarios del Cuerpo de Paz dejaron atrás la comodidad de sus hogares para instalarse en distintas comunidades de Costa Rica, donde durante los próximos dos años trabajarán junto a docentes del Ministerio de Educación Pública (MEP) enseñando inglés en escuelas y colegios.
No llegan como turistas. Llegaron con la intención de integrarse a las comunidades, compartir su cultura, aprender nuevas costumbres y convertirse en parte de un esfuerzo educativo que, desde hace décadas, busca ampliar las oportunidades de miles de estudiantes costarricenses a través del aprendizaje del idioma inglés.
Para muchos de ellos, el proyecto representa una mezcla de vocación, aventura y servicio público.

Algunos estudiaron educación. Otros vienen de áreas como la comunicación, psicología o sociología. Todos comparten algo en común, la decisión de interrumpir sus vidas en Estados Unidos para vivir una experiencia que, probablemente, los transformará tanto como esperan transformar a quienes enseñarán.
En un mundo cada vez más conectado, donde el bilingüismo suele convertirse en una herramienta decisiva para acceder a empleos, becas o intercambios académicos, el inglés ha adquirido un peso especial dentro del sistema educativo costarricense.
Pero enseñar un idioma va mucho más allá de memorizar verbos o repetir frases. Implica generar confianza y perder el miedo a hablar. Los voluntarios deben convencer a un estudiante de una zona rural de que algún día podría trabajar para una empresa internacional, estudiar en el extranjero o simplemente comunicarse con el mundo más allá de las fronteras de su comunidad.
Ese es precisamente uno de los principales objetivos del programa.
Por un lado, fortalecer las competencias lingüísticas y metodológicas de los docentes de inglés en Costa Rica. Por otro, aumentar el nivel y la seguridad de los estudiantes al momento de practicar el idioma.
La embajadora de Estados Unidos en Costa Rica, Melinda Hildebrand, describió el alcance de esa misión en términos prácticos, pero también humanos.
“La capacidad de adquirir habilidades bilingües puede abrir las puertas a mejores oportunidades profesionales. Estos voluntarios se enfrentarán a la importante tarea de colaborar con docentes y otros miembros de la comunidad para promover el aprendizaje del inglés como lengua extranjera y fomentar su enseñanza de una manera divertida, atractiva y relevante para el futuro de los estudiantes”, señaló la diplomática..
Las palabras parecen sencillas, pero detrás de ellas existe una realidad compleja.

Muchos de los voluntarios serán enviados a comunidades donde el acceso a recursos educativos es limitado y donde el dominio del inglés continúa siendo un desafío estructural. En algunos casos deberán adaptarse a zonas rurales alejadas, aprender nuevas dinámicas culturales e incluso desenvolverse en contextos donde el español será tan importante como el idioma que vienen a enseñar. El intercambio, entonces, ocurre en ambos sentidos.
Mientras los estudiantes costarricenses practican inglés, los voluntarios descubren otra forma de vida.
Aprenden a moverse en autobús por caminos rurales. Se acostumbran al gallo pinto en las mañanas. Escuchan expresiones locales que jamás habían oído en sus universidades estadounidenses. Aprenden sobre hospitalidad, comunidad y sobre la relación íntima que muchas regiones del país mantienen con la naturaleza.
El grupo actual de voluntarios proviene de estados tan diversos como Texas, California, Minnesota, Nueva York, Iowa y Ohio. Tienen entre 22 y 38 años, edades distintas, trayectorias distintas y razones distintas para haberse unido al programa.
Algunos buscan experiencia profesional. Otros persiguen una vocación de servicio. Algunos simplemente querían entender el mundo desde otra perspectiva.
Pero todos llegaron bajo el mismo emblema, el del Cuerpo de Paz, una organización creada por el gobierno estadounidense en 1961 y que mantiene presencia en Costa Rica desde enero de 1963.
Desde entonces, más de cuatro mil voluntarios han trabajado en territorio costarricense en proyectos relacionados con enseñanza del inglés, desarrollo juvenil, desarrollo económico comunitario y programas de respuesta social.
A lo largo de más de seis décadas, generaciones enteras de costarricenses han compartido aulas, comunidades y experiencias con jóvenes extranjeros que llegaron por un tiempo limitado, pero que muchas veces terminaron creando vínculos permanentes con el país.
Algunos regresaron años después como turistas. Otros volvieron para vivir definitivamente. Muchos jamás olvidaron a las familias que los recibieron ni las comunidades donde aprendieron que enseñar también significa escuchar. Ahora una nueva generación comienza ese recorrido.
Durante los próximos dos años, Rose, Ezequiel, Lucas y los demás voluntarios tendrán la tarea de adaptarse a un país distinto, construir relaciones de confianza y acompañar a cientos de estudiantes costarricenses en el aprendizaje de un idioma que podría cambiarles el futuro.
Y aunque las lecciones ocurrirán dentro de las aulas, probablemente las enseñanzas más importantes aparezcan fuera de ellas: en las conversaciones cotidianas, en los intercambios culturales y en ese tipo de encuentros silenciosos que, poco a poco, terminan acercando mundos distintos.
