La Zona Azul de Costa Rica está cambiando y la respuesta puede estar en las nuevas generaciones

La longevidad que hizo célebre a la península de Nicoya se desvanece poco a poco y con ella una forma de vida que durante décadas atrajo la mirada de la ciencia. Los estudios recientes muestran que las condiciones que favorecieron el envejecimiento saludable están cambiando, impulsadas por transformaciones sociales y generacionales. En ese tránsito, la Zona Azul de Nicoya se convierte en un espejo del país, un territorio donde el tiempo y la cultura dialogan sobre el futuro de la vitalidad costarricense

Originalmente la Zona Azul de Nicoya abarcaba Carrillo, Hojancha, Nandayure, Nicoya y Santa Cruz, hoy se ha reducido a una pequeña franja entre Hojancha y Nandayure.

Redacción

Durante años, la península de Nicoya fue observada por científicos de distintos países como uno de los lugares donde el envejecimiento parecía seguir un camino diferente.

En pueblos y comunidades de Guanacaste, hombres y mujeres alcanzaban edades que llamaban la atención de la demografía mundial. La longevidad de sus habitantes convirtió a Nicoya en una de las llamadas Zonas Azules, regiones identificadas por la presencia excepcional de personas que llegan a edades avanzadas. Pero algo está cambiando.

En 2007, el Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica (UCR) reconoció que la Zona Azul de Nicoya originalmente abarcaba casi toda la península, incluyendo los cantones de Nicoya, Hojancha, Carrillo, Santa Cruz y Nandayure, hoy, los estudios más recientes la delimitan principalmente entre Nandayure y Hojancha, donde persisten los mayores índices de longevidad.

Una ventaja que se reduce

La investigación que documentó este cambio tiene nombre y apellido. Se trata del estudio The vanishing advantage of longevity in Nicoya, Costa Rica, a cohort shift, publicado en 2023 por el demógrafo costarricense Luis Rosero-Bixby en la revista científica Demographic Research.

Según esa publicación, la ventaja de longevidad de Nicoya está desapareciendo y el fenómeno está impulsado principalmente por un efecto generacional.

Los datos muestran una diferencia significativa entre quienes nacieron a comienzos del siglo XX y quienes llegaron después. Según Rosero-Bixby, los hombres nicoyanos nacidos en 1905 tenían una mortalidad adulta 33 % menor que la de otros costarricenses. Entre los nacidos en 1945, la situación se había invertido y su mortalidad adulta era 10 % mayor.

El investigador analizó registros de aproximadamente 550 mil costarricenses que estuvieron vivos en algún momento entre 1990 y 2020. Concluyó que el territorio que originalmente concentraba la ventaja de longevidad se había reducido a una zona más pequeña, ubicada al sur de la península, alrededor del corredor entre Hojancha y Sámara. Sin embargo, la historia todavía tiene otra cara.

Según el mismo estudio, los nicoyanos nacidos antes de 1930 que aún viven continúan mostrando una longevidad excepcional. Son precisamente esas generaciones las que dieron origen al interés científico por Nicoya y las que podrían ofrecer algunas de las respuestas sobre lo que cambió con el paso del tiempo.

Cuatro lugares, una misma pregunta

Nicoya no es la única región donde los investigadores han observado que la longevidad excepcional puede cambiar con las generaciones.

Según el artículo Blue Zone, a Demographic Concept and Beyond, publicado en 2025 por Michel Poulain y Anne Herm en la American Journal of Lifestyle Medicine, las cuatro Zonas Azules originales validadas son, Okinawa, en Japón; Cerdeña, en Italia; Nicoya, en Costa Rica, e Icaria, en Grecia. El mismo trabajo explica la metodología demográfica utilizada para validar estas regiones y señala que el fenómeno excepcional puede ser transitorio.

Hay una característica geográfica que las conecta, aunque no las hace idénticas.

Cerdeña e Icaria son islas. Okinawa también forma parte de un extenso archipiélago japonés. Nicoya, en cambio, es una península. Esa diferencia importa porque el aislamiento geográfico relativo puede influir en la manera en que determinadas costumbres, alimentos, relaciones sociales y formas de vida se mantienen o cambian con el tiempo.

Pero también significa que ninguna de estas regiones ha permanecido completamente al margen de la modernización. Ahí aparece una comparación que resulta especialmente interesante para Costa Rica.

Okinawa y el cambio de generación

Durante décadas, Okinawa fue considerada uno de los grandes ejemplos mundiales de longevidad. Sin embargo, investigaciones demográficas recientes muestran que la ventaja no se ha mantenido de la misma manera entre las generaciones más jóvenes.

Un estudio de Michel Poulain y Anne Herm publicado en 2024 en el Journal of Internal Medicine, titulado Exceptional longevity in Okinawa, Demographic trends since 1975, analiza precisamente la evolución de la longevidad en la región. El trabajo examina las tendencias demográficas y los cambios registrados en Okinawa desde 1975.

El caso de Okinawa también ofrece una señal en materia de salud. Según datos de la Encuesta de Salud y Nutrición de la Prefectura de Okinawa correspondientes a 2021, el 41,6 % de los hombres de 20 años o más presentaba obesidad, frente al 33 % registrado como promedio nacional. Entre las mujeres, la proporción era del 24,8 %, frente al 22,3 % nacional.

Investigaciones anteriores ya habían advertido sobre este cambio. Un trabajo epidemiológico sobre Okinawa señaló que las modificaciones en el estilo de vida, incluida la adopción de una alimentación más occidentalizada entre las generaciones jóvenes, habían coincidido con un aumento de la obesidad y otros factores de riesgo cardiovascular.

Esto no significa que la obesidad explique por sí sola el cambio en la longevidad de Okinawa. Indica que una población que alguna vez fue estudiada precisamente por sus características excepcionales también experimentó transformaciones en la alimentación, la actividad física y otros aspectos de la vida cotidiana.

Esa coincidencia vuelve a poner a Nicoya frente a una pregunta.

Lo que se aprende en casa

¿Qué recibieron los hijos de aquellos hombres y mujeres longevos y qué dejaron de recibir las generaciones posteriores? La alimentación puede ser una de las piezas de ese rompecabezas.

Un estudio publicado en la revista Nutrients comparó características de la alimentación de personas mayores de Nicoya y Cerdeña. Según sus autores, entre las poblaciones estudiadas aparecían con frecuencia alimentos de origen vegetal, especialmente cereales y legumbres, acompañados por otros productos según las tradiciones locales.

Pero los propios investigadores fueron cautelosos. El estudio señala que se necesitan investigaciones prospectivas para establecer si esos patrones alimentarios tienen una relación causal con la posibilidad de alcanzar edades avanzadas.

La investigación de Rosero-Bixby también había mostrado que la longevidad de los antiguos nicoyanos no podía reducirse a un solo alimento o a una fórmula.

En un estudio publicado en el Vienna Yearbook of Population Research, Rosero-Bixby y otros investigadores encontraron que, durante el período analizado entre 1990 y 2011, un hombre nicoyano de 60 años tenía una probabilidad de llegar a los 100 años siete veces superior a la de un hombre japonés de la misma edad y una esperanza de vida 2,2 años mayor.

El trabajo también encontró una menor mortalidad por enfermedades cardiovasculares entre los hombres mayores de Nicoya. Pero aquellos hombres tenían una vida distinta a la de sus hijos y nietos.

Una Costa Rica diferente

Los niños de aquella Costa Rica crecieron en un entorno que hoy resulta difícil de reproducir.

Muchas actividades cotidianas implicaban movimiento. El trabajo, los desplazamientos y las tareas domésticas estaban menos separados de la actividad física. La comida tenía una relación más estrecha con la producción local y las familias mantenían formas de convivencia que hoy compiten con nuevas dinámicas sociales.

No significa que aquella vida fuera mejor en todos sus aspectos, simplemente que era diferente. Precisamente por eso vale la pena preguntarse qué parte de aquella forma de vivir se transformó, la crianza también puede formar parte de la conversación.

No porque exista evidencia suficiente para afirmar que los estilos actuales de crianza estén provocando la reducción de la longevidad en Nicoya, sino porque los hábitos relacionados con la alimentación, el movimiento, el descanso y la convivencia comienzan a construirse durante la infancia.

Lo que un niño aprende a comer, la manera en que se relaciona con sus abuelos, cuánto tiempo permanece activo, cuánto tiempo pasa sentado y cuánto participa de la vida comunitaria son elementos que pueden acompañarlo durante décadas.

La ciencia todavía tiene que determinar cuánto pesan esos factores en la transformación de la Zona Azul costarricense.

En la experiencia radica la fórmula para descubrir cómo vivir más y mejor.

No se trata de regresar al pasado

La investigación publicada por Poulain y Herm en la American Journal of Lifestyle Medicine también resulta útil para evitar una interpretación equivocada.

Los autores sostienen que las Zonas Azules pueden ser consideradas modelos para estudiar los factores relacionados con una vida más larga y saludable, pero reconocen que la excepcionalidad observada en estos lugares puede ser temporal. Entre los factores que destacan están la alimentación, la actividad física, las relaciones sociales y el entorno. Eso abre una posibilidad diferente para Costa Rica.

Tal vez la discusión no debería centrarse en intentar recuperar exactamente la vida que tenían los nicoyanos de hace un siglo. La pregunta podría ser qué elementos de aquella experiencia todavía pueden adaptarse a la sociedad actual.

Una alimentación basada en productos frescos puede convivir con la vida moderna. La actividad física puede formar parte de la rutina sin necesidad de convertirse necesariamente en una competencia. Los niños pueden crecer con mayor contacto con sus abuelos. Las comunidades pueden conservar espacios para conversar, caminar y encontrarse.

No se trata de idealizar el pasado. Se trata de reconocer aquello que funcionó y preguntarse si todavía puede tener un lugar en el presente.

El conocimiento todavía está aquí

Quizá la parte más valiosa de esta historia se encuentre en las personas que todavía viven en Nicoya y pertenecen a aquellas generaciones excepcionales. 

Ellos pueden contar cómo era un día normal cuando eran niños. Qué comían. Cómo se desplazaban. Cómo se organizaban las familias. Qué papel tenían los vecinos. Cuánto tiempo pasaban al aire libre. Cómo cuidaban a sus mayores y cómo eran cuidados por ellos.

Esas historias no sustituyen a la investigación científica, pero pueden ayudar a formular nuevas preguntas.

La propia investigación demográfica ha mostrado que el fenómeno cambió con las generaciones. Ahora corresponde entender qué ocurrió durante ese tránsito.

Una oportunidad para aprender

La Zona Azul de Nicoya quizá esté cambiando, pero eso no significa que la historia haya terminado. Al contrario, la transformación puede ofrecer una oportunidad para estudiar qué sucede cuando una comunidad que durante décadas presentó una longevidad excepcional entra en una nueva etapa de su historia.

Cerdeña, Icaria, Okinawa y Nicoya ofrecen cuatro escenarios diferentes para observar esa transición. Algunas son islas, otra es una península. Algunas han experimentado profundas transformaciones económicas y sociales. Todas, sin embargo, muestran que las formas de vivir no permanecen inmóviles. Quizá esa sea la verdadera enseñanza.

La longevidad no parece depender de un alimento secreto ni de una fórmula que pueda copiarse de un país a otro. La investigación apunta hacia algo mucho más cotidiano. La manera de comer, de moverse, de relacionarse y de envejecer dentro de una comunidad.

Costa Rica todavía tiene la posibilidad de observar su propia historia antes de que quienes la vivieron desaparezcan.

Escuchar a sus adultos mayores puede ser una forma de conservar algo más importante que el nombre de una Zona Azul. Puede permitirnos entender qué hábitos, valores y formas de convivencia ayudaron a una generación a llegar tan lejos.

Y, sobre todo, decidir cuáles de esas cosas queremos enseñar a la siguiente.

Cuando la Zona Azul no es solamente un lugar

Hay otro caso que ayuda a ampliar la pregunta sobre qué hace que una población viva más y durante más tiempo. Está en California, Estados Unidos, se llama Loma Linda.

Durante años, Loma Linda fue presentada como una de las llamadas Zonas Azules, en buena medida por los resultados obtenidos entre miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día que participaron en el Adventist Health Study, una investigación que ha seguido durante décadas sus hábitos de vida y su estado de salud.

Pero aquí conviene hacer una distinción. Según Michel Poulain y Anne Herm, autores del estudio Blue Zone, a Demographic Concept and Beyond, publicado en 2025 en la American Journal of Lifestyle Medicine, las Zonas Azules validadas mediante criterios demográficos incluyen Okinawa, Cerdeña, Nicoya e Icaria, mientras que Martinica aparece en ese trabajo como una quinta zona recientemente identificada. Loma Linda no figura entre esas zonas demográficamente validadas.

Una revisión científica publicada recientemente fue todavía más precisa. El trabajo Blue Zones, an Analysis of Existing Evidence through a Scoping Review señala que Loma Linda es frecuentemente citada como Zona Azul, pero que no existen estudios epidemiológicos que hayan confirmado esa condición utilizando una metodología demográfica comparable.

Eso, sin embargo, no hace que Loma Linda deje de ser interesante. 

La comunidad como laboratorio

El Adventist Health Study encontró asociaciones entre determinados hábitos y una mayor expectativa de vida entre sus participantes.

Según datos publicados por el propio estudio, quienes reunían cinco factores favorables, entre ellos no fumar, mantener un peso corporal más bajo, hacer ejercicio con frecuencia, seguir una alimentación vegetariana y consumir frutos secos con mayor frecuencia, presentaban aproximadamente diez años más de expectativa de vida que quienes no reunían esos factores. Los resultados fueron publicados originalmente en 2001 en Archives of Internal Medicine, actualmente JAMA Internal Medicine, bajo el título Ten Years of Life, Is It a Matter of Choice?

La historia de Loma Linda introduce así una diferencia importante frente a Nicoya.

En la península guanacasteca, la longevidad excepcional fue identificada a partir de características demográficas de una población asentada en un territorio determinado. En Loma Linda, buena parte de la investigación se ha concentrado en una comunidad con prácticas de vida compartidas. La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia la pregunta.

¿Qué ocurre cuando la longevidad no depende solamente del lugar donde una persona vive, sino también de los hábitos que aprende, practica y transmite dentro de su comunidad?

Lo que reciben los hijos

Esta pregunta devuelve la mirada hacia Nicoya.

Las generaciones que hicieron famosa a la península no vivieron exactamente como viven sus hijos y nietos. Cambiaron los alimentos disponibles, las formas de trabajo, los medios de transporte, las actividades cotidianas y la relación con el tiempo libre. También cambió la infancia.

Los niños de hoy crecen en un entorno diferente al de sus abuelos. La actividad física cotidiana ya no necesariamente forma parte del trabajo o de los desplazamientos. La alimentación está expuesta a una oferta mucho más amplia de productos procesados y las jornadas escolares, laborales y familiares compiten con nuevas formas de entretenimiento.

No existe evidencia suficiente para afirmar que estos cambios sean, por sí solos, responsables de la reducción de la ventaja de longevidad observada en Nicoya. Pero sí ofrecen una pregunta que merece ser estudiada.

Si los hábitos relacionados con la alimentación, la actividad física, las relaciones sociales y el entorno forman parte de los factores asociados con una vida más larga, ¿qué sucede cuando esos hábitos dejan de transmitirse de una generación a otra?

Tres caminos para una misma pregunta

Nicoya, Okinawa y Loma Linda permiten observar esa transformación desde ángulos diferentes.

En Nicoya, según la investigación de Luis Rosero-Bixby, la ventaja de longevidad se ha reducido entre generaciones.

En Okinawa, investigaciones demográficas han documentado cambios en la excepcionalidad de la longevidad y, al mismo tiempo, la población ha experimentado importantes transformaciones en sus hábitos de vida.

En Loma Linda, los estudios sobre los adventistas han permitido observar durante décadas la relación entre determinados comportamientos y la salud. 

No son historias iguales. Tampoco deberían mezclarse como si fueran equivalentes.

Pero juntas plantean una posibilidad que puede resultar especialmente relevante para Costa Rica.

Quizá una de las claves de la longevidad no esté solamente en encontrar un lugar donde vive mucha gente mayor. Se necesita comprender qué costumbres consiguió transmitir una generación a la siguiente. 

El verdadero legado

Las Zonas Azules suelen representarse mediante imágenes de personas centenarias, alimentos tradicionales y paisajes tranquilos.Pero detrás de esas imágenes hay algo menos visible. Hay familias, niños que aprendieron determinadas costumbres, abuelos que conservaron formas de alimentación, movimiento y convivencia que habían recibido de sus propios padres.

Porque si la longevidad excepcional puede cambiar con las generaciones, entonces también existe la posibilidad de que algunos de sus ingredientes puedan volver a transmitirse.

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