
Por: Esther Castillo Jiménez
Costa Rica se nos está yendo de las manos. Ya no hablamos solo de robos o asaltos; hablamos de muertos, de asesinos que andan por la libre, disparando por encargo, quitando vidas a cambio de una paga. En esta violencia desatada ya existen daños colaterales: personas que no tenían nada que ver, familias destrozadas y, lo más doloroso, niños que han resultado heridos o han perdido la vida en medio de balas que no distinguen edades ni inocencias. Y aunque solemos señalar únicamente a las autoridades, también debemos mirarnos como sociedad.
Hemos sido permisivos. Permitimos invasiones sin control, asentamientos donde entra cualquiera, sin filtros, sin límites, sin comunidad. Así se fueron formando focos de violencia que crecieron hasta convertirse en territorios donde la ley no entra y la vida vale poco. No es pobreza lo que mata, es el abandono, la indiferencia y la falta de carácter colectivo.
También en comunidades antes tranquilas vimos llegar a personas con conductas destructivas y preferimos callar, no meternos, no incomodarnos. No actuamos a tiempo. Y cuando la violencia estalló, cuando comenzaron las balas, los muertos y los inocentes atrapados en medio, entonces sí vino el miedo y la indignación. Pero ya era tarde.
En estos días escuché una frase que invita a pensar, “cuando se empiecen a imponer políticas desde los pueblos, podremos pensar en un mejor mañana”. Y tiene razón. La seguridad no se construye solo con patrullas y operativos, sino con comunidades que se cuidan, que ponen límites y que no normalizan conductas dañinas. Cuidar desde un principio quién llega a una comunidad también es prevención, también es responsabilidad social.
A todo esto, se suma algo todavía más doloroso, la desconfianza. En la calle, en los barrios, mucha gente comenta (en voz baja, con miedo) que hay avisos que corren antes de los operativos, que hay quienes siempre logran desaparecer justo a tiempo. Sean rumores o realidades, el solo hecho de que esa percepción exista ya es una señal de quiebre profundo. Cuando la ciudadanía deja de creer, la autoridad pierde fuerza y el crimen gana terreno.
La maldad no llegó de golpe; se infiltró poco a poco, mientras muchos miraban hacia otro lado. Hoy ese pulpo ha extendido sus tentáculos por todo el país y la sensación es clara, nadie está a salvo. No sé… digo, ¿ustedes?
