25 años después de la mañana que comenzó como cualquier otra

El 11 de septiembre de 2001 quedó asociado para siempre con las Torres Gemelas, el Pentágono y una guerra que parecía inevitable, pero algunas de sus consecuencias más profundas ocurrieron lejos de las imágenes que dieron la vuelta al mundo. Aquel día también cambió la forma de viajar, de cruzar una frontera, de compartir información, de vigilar una transacción bancaria e incluso de entender cuánto puede saber un Gobierno sobre sus ciudadanos. Muchas de esas transformaciones se volvieron tan habituales que dejaron de parecer extraordinarias. ¿Por qué hoy los aeropuertos funcionan como funcionan, cómo nació buena parte de la estructura de seguridad que existe alrededor de los viajes y qué relación tiene todo ello con las decisiones tomadas en las semanas posteriores a los atentados? 25 después, algunas de las huellas del 11 de septiembre siguen presentes en la vida cotidiana, aunque millones de personas ya no recuerden de dónde vienen 

Redacción

Nueva York despertó el martes 11 de septiembre de 2001 con la rutina habitual de una ciudad acostumbrada al movimiento constante. Miles de personas entraban a sus oficinas, los trenes comenzaban a descargar pasajeros en Manhattan y los ascensores del World Trade Center transportaban trabajadores hacia los pisos superiores de las dos torres que durante décadas habían dominado el perfil de la ciudad. En Washington, los funcionarios federales iniciaban otra jornada de trabajo y en distintos aeropuertos estadounidenses los pasajeros abordaban vuelos comerciales que atravesarían el país. Nada en aquella mañana parecía anunciar que Estados Unidos estaba a punto de sufrir el ataque terrorista más devastador de su historia moderna y que, en cuestión de horas, una serie de acontecimientos cambiaría la política exterior del país, modificaría sus instituciones de seguridad y tendría consecuencias que alcanzarían mucho más allá de sus fronteras.

A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines, un Boeing 767 que había despegado de Boston con destino a Los Ángeles, se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. El impacto abrió una enorme brecha en los pisos superiores del edificio y provocó incendios que comenzaron a extenderse por varias plantas. En las calles, miles de personas levantaron la mirada hacia una columna de humo que parecía imposible de explicar. Las primeras imágenes transmitidas por televisión mostraban un edificio en llamas mientras periodistas y espectadores intentaban determinar si se trataba de un accidente aéreo. Durante unos minutos todavía existió la posibilidad de pensar que aquello era una tragedia, pero no un ataque. Esa percepción desapareció a las 9:03 a.m., cuando el vuelo 175 de United Airlines se estrelló contra la Torre Sur y las cámaras que ya apuntaban hacia el World Trade Center registraron el impacto en directo. La segunda aeronave atravesó el edificio y produjo una explosión que hizo evidente que Estados Unidos estaba siendo atacado de manera coordinada.

Dentro de las torres, miles de personas comenzaron a buscar las escaleras para abandonar los edificios mientras bomberos, policías y equipos de emergencia avanzaban en dirección contraria. La escena resumía la dimensión humana de aquella mañana. Mientras quienes se encontraban en los edificios intentaban encontrar una salida, los trabajadores de emergencia subían hacia los pisos superiores sin saber con precisión qué encontrarían. Muchos de ellos no regresarían. El tercer avión secuestrado, el vuelo 77 de American Airlines, golpeó el Pentágono a las 9:37 a.m., llevando el ataque hasta el centro del poder militar estadounidense. Para entonces, el Gobierno de George W. Bush había comprendido que no se encontraba ante una serie de accidentes independientes, sino ante una operación terrorista de gran escala que podía no haber terminado.

El cuarto avión fue el vuelo 93 de United Airlines, que había despegado de Newark con destino a San Francisco. Después del secuestro, algunos pasajeros comenzaron a recibir información sobre lo ocurrido en Nueva York y Washington mediante llamadas telefónicas. Aquellas conversaciones les permitieron comprender que los secuestradores probablemente no pretendían negociar ni llevar el avión a otro aeropuerto. El objetivo parecía ser utilizar la aeronave como arma. Varios pasajeros decidieron entonces intentar recuperar el control del avión. El esfuerzo terminó cuando el vuelo 93 se estrelló a las 10:03 de la mañana en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania. La aeronave no llegó a Washington y la investigación posterior estableció que su objetivo probable era un edificio de importancia política en la capital.

Entre esos acontecimientos se produjo una de las imágenes que definirían para siempre la memoria del ataque. A las 9:59 de la mañana, la Torre Sur se desplomó después de permanecer menos de una hora en llamas. 29 después, a las 10:28, cayó la Torre Norte. En menos de dos horas, el paisaje de Manhattan había desaparecido bajo una gigantesca nube de polvo y escombros. Miles de personas comenzaron a caminar hacia otras zonas de la ciudad mientras las autoridades intentaban establecer perímetros de seguridad y los equipos de rescate buscaban sobrevivientes entre los restos. Casi 3.000 personas murieron en los ataques, entre ellas trabajadores de las torres, pasajeros y tripulaciones de los cuatro aviones, policías y miembros de los servicios de emergencia. El Departamento de Bomberos de Nueva York perdió a 343 de sus integrantes, mientras que también murieron 23 policías del Departamento de Policía de Nueva York y 37 agentes de la Autoridad Portuaria. Las cifras permiten dimensionar la magnitud de la tragedia, pero no explican por sí mismas lo que ocurrió. Detrás de cada número había una persona, una familia y una vida que aquella mañana comenzaba como cualquier otra.

Un país que dejó de sentirse invulnerable

El 11 de septiembre produjo una ruptura que fue más allá de la destrucción física de los edificios atacados. Estados Unidos había enfrentado anteriormente amenazas terroristas y había sufrido atentados contra intereses estadounidenses en otros lugares del mundo, pero el territorio continental del país no había experimentado una operación de semejante magnitud en tiempos modernos. La posibilidad de que una organización terrorista pudiera secuestrar aviones comerciales, utilizarlos como armas y golpear simultáneamente algunos de los principales símbolos económicos y políticos del país modificó la percepción de seguridad de millones de estadounidenses. La idea de que la distancia geográfica y la superioridad militar podían mantener al país protegido frente a una amenaza exterior quedó profundamente cuestionada.

La investigación realizada posteriormente por la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos, conocida como Comisión del 11-S, mostró que la amenaza de Al Qaeda no había aparecido de manera repentina aquella mañana. Durante los años anteriores, distintas agencias estadounidenses habían acumulado información sobre Osama bin Laden, sus organizaciones, sus operaciones internacionales y su intención de atacar intereses estadounidenses. El problema fue que esa información permaneció fragmentada entre diferentes instituciones y no consiguió convertirse en una respuesta coordinada capaz de impedir el ataque. Las señales existían, pero estaban dispersas. La información podía encontrarse en distintos archivos, agencias y oficinas, pero el sistema no consiguió reunirla con la rapidez necesaria.

Esa conclusión transformó la manera en que Estados Unidos comenzó a entender la seguridad nacional. Después del 11 de septiembre, ya no bastaba con que una agencia conociera una amenaza. También era necesario determinar quién más debía conocerla, cómo podía compartirse la información y qué medidas debían adoptarse antes de que el peligro se materializara. La prevención adquirió una importancia que antes no tenía. La seguridad comenzó a construirse alrededor de la idea de anticipar los acontecimientos, identificar posibles amenazas y conectar información que anteriormente podía permanecer aislada dentro de diferentes instituciones.

La guerra contra Al Qaeda

La respuesta militar estadounidense comenzó pocas semanas después de los atentados. El Gobierno de George W. Bush identificó a Al Qaeda como responsable y exigió al régimen talibán de Afganistán que entregara a Osama bin Laden y desmantelara la infraestructura de la organización que operaba desde territorio afgano. Cuando esa exigencia no produjo el resultado esperado, Estados Unidos y sus aliados iniciaron una campaña militar contra el régimen talibán y las posiciones de Al Qaeda. El 7 de octubre de 2001 comenzaron los ataques y, en las semanas siguientes, las fuerzas talibanas perdieron el control de Kabul y de buena parte del país.

La guerra, sin embargo, no terminó con la caída del Gobierno talibán. Los combatientes de la organización se reorganizaron y comenzaron una insurgencia prolongada contra las fuerzas estadounidenses, sus aliados y el nuevo Gobierno afgano. Lo que había comenzado como una respuesta directa a los responsables de los atentados terminó convirtiéndose en una operación militar y política mucho más extensa. Estados Unidos intentó construir instituciones estatales, entrenar fuerzas de seguridad afganas y sostener un Gobierno que pudiera ejercer autoridad sobre un territorio marcado por décadas de conflicto. El esfuerzo se prolongó durante casi veinte años y tuvo un enorme costo humano y económico.

En 2021, Estados Unidos retiró sus últimas tropas. En cuestión de semanas, los talibanes recuperaron el control del país y entraron nuevamente en Kabul. La imagen tenía una fuerza histórica difícil de ignorar. 20 años después de que la guerra comenzara como respuesta a los atentados del 11 de septiembre, Afganistán volvía a estar bajo el control del mismo movimiento que Estados Unidos había expulsado del poder en 2001. La guerra más larga de la historia estadounidense había terminado sin la conclusión política que Washington había imaginado cuando comenzó la intervención. El episodio se convirtió en una de las expresiones más visibles de la enorme distancia que puede existir entre el objetivo inicial de una guerra y sus consecuencias después de dos décadas.

La transformación del Estado estadounidense

Mientras la guerra se desarrollaba en Afganistán, dentro de Estados Unidos comenzaba otra transformación de enorme alcance. El Gobierno federal amplió sus capacidades de inteligencia y seguridad y reorganizó buena parte de la estructura destinada a prevenir ataques terroristas. El Congreso aprobó la USA PATRIOT Act pocas semanas después de los atentados, una legislación que amplió las facultades de investigación y vigilancia de las autoridades y modificó los mecanismos utilizados para obtener y compartir información relacionada con investigaciones de seguridad nacional. La justificación principal era evitar que las barreras existentes entre diferentes agencias impidieran nuevamente que información importante llegara a quienes podían utilizarla para prevenir un ataque.

En 2002 se creó el Departamento de Seguridad Nacional, una de las transformaciones institucionales más importantes derivadas directamente de la experiencia del 11 de septiembre. La nueva estructura reunió funciones que anteriormente estaban distribuidas entre diferentes departamentos y agencias federales. La intención era mejorar la coordinación y establecer una respuesta más integrada frente a amenazas que podían afectar simultáneamente las fronteras, los sistemas de transporte, las comunicaciones y las infraestructuras críticas. La seguridad dejó así de ser una responsabilidad concentrada principalmente en organismos de inteligencia y pasó a convertirse en una tarea mucho más amplia del Estado.

El cambio fue especialmente visible en los aeropuertos. Los procedimientos de inspección se endurecieron, la seguridad de la aviación pasó a estar bajo una estructura federal mucho más centralizada y los pasajeros comenzaron a enfrentarse a controles que antes no formaban parte de la experiencia habitual de viajar. La inspección del equipaje, la identificación de pasajeros y las restricciones sobre determinados objetos fueron incorporando nuevas medidas y tecnologías. Para quienes viajaban antes de 2001, la diferencia fue inmediata. Para quienes nacieron después de los atentados, muchas de esas medidas se convirtieron simplemente en parte de lo que significa tomar un avión.

Ese es uno de los cambios más profundos que dejó el 11 de septiembre. Una decisión tomada en respuesta a una emergencia terminó incorporándose a la rutina de millones de personas. La seguridad comenzó a acompañar al ciudadano desde el momento en que llegaba a un aeropuerto, cruzaba una frontera o realizaba determinadas operaciones financieras. El Estado adquirió una presencia mucho más visible en espacios que antes se percibían principalmente como parte de la vida cotidiana.

Seguridad, vigilancia y libertad

La expansión de las capacidades de vigilancia abrió uno de los debates políticos más persistentes de la era posterior al 11 de septiembre. La pregunta ya no consistía solamente en cómo impedir otro atentado, sino en cuánto poder debía tener el Estado para conseguirlo. Las nuevas facultades de investigación permitieron a las agencias de seguridad acceder a mayores cantidades de información y desarrollar herramientas de vigilancia más amplias. Con el paso de los años, periodistas, organizaciones de derechos civiles, abogados y algunos legisladores comenzaron a cuestionar determinadas prácticas por considerar que podían afectar la privacidad y las libertades individuales.

La discusión adquirió una dimensión todavía mayor a medida que avanzó la tecnología. Los teléfonos móviles, las redes sociales, los sistemas de reconocimiento, las bases de datos y las herramientas capaces de analizar grandes cantidades de información hicieron posible recopilar y procesar datos a una escala que resultaba difícil de imaginar en 2001. El problema dejó de ser exclusivamente cuánto podía observar el Gobierno y comenzó a incluir qué podía hacer con esa información, durante cuánto tiempo podía conservarla y qué mecanismos existían para impedir que una herramienta creada para combatir el terrorismo terminara utilizándose para otros propósitos.

El debate tampoco permaneció dentro de Estados Unidos. Después de los atentados, numerosos países revisaron sus leyes antiterroristas, fortalecieron los controles financieros y aumentaron el intercambio de información entre sus servicios de inteligencia. Las fronteras adquirieron una nueva dimensión de seguridad y la cooperación internacional se convirtió en una parte fundamental de la lucha contra las organizaciones terroristas. El objetivo era evitar que una red como Al Qaeda pudiera aprovechar las diferencias entre los sistemas nacionales para organizar operaciones internacionales.

Sin embargo, la experiencia también mostró los riesgos de una política de seguridad demasiado amplia. Musulmanes, árabes y personas provenientes de países del sur de Asia enfrentaron en Estados Unidos un aumento de la sospecha, la discriminación y la vigilancia. En determinados casos se produjeron detenciones y procedimientos migratorios que posteriormente fueron cuestionados por organizaciones de derechos civiles. El ataque había sido cometido por una organización terrorista concreta, pero sus consecuencias sociales alcanzaron a comunidades enteras que no tenían ninguna relación con los responsables.

Irak y las consecuencias que nadie podía calcular

La respuesta estadounidense no terminó en Afganistán. En marzo de 2003, Estados Unidos invadió Irak y derrocó al régimen de Saddam Hussein. La administración Bush sostuvo que el Gobierno iraquí representaba una amenaza y que existía la posibilidad de que poseyera armas de destrucción masiva. Las investigaciones posteriores no encontraron esas armas, y la guerra pasó a convertirse en uno de los episodios más controvertidos de la política exterior estadounidense de las últimas décadas.

La caída de Hussein eliminó un régimen autoritario que había dominado Irak durante años, pero también abrió un período de inestabilidad que tendría consecuencias profundas. La insurgencia creció, los conflictos políticos y sectarios se intensificaron y diferentes grupos armados comenzaron a disputar el control de territorios y poblaciones. La guerra creó condiciones que posteriormente facilitarían el crecimiento de organizaciones extremistas, entre ellas el Estado Islámico, que años después llegaría a controlar extensas zonas de Irak y Siria.

La relación entre Irak y los atentados del 11 de septiembre se convirtió en una cuestión especialmente controvertida porque la invasión no fue una respuesta directa al ataque ejecutado por Al Qaeda. La decisión de entrar en guerra amplió considerablemente el alcance de la llamada guerra contra el terrorismo y tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de la persecución de quienes habían organizado los atentados. Millones de personas quedaron desplazadas por los conflictos de la región y la intervención estadounidense contribuyó a una transformación política de Medio Oriente cuyos efectos continuaron durante años.

La cadena de acontecimientos permite comprender por qué el 11 de septiembre no puede estudiarse únicamente como un ataque ocurrido en Nueva York y Washington. Lo sucedido aquella mañana desencadenó decisiones políticas y militares que alteraron gobiernos, fronteras, alianzas y sociedades enteras. Algunas de esas consecuencias fueron buscadas por quienes tomaron las decisiones. Otras surgieron de manera inesperada y terminaron modificando el escenario que pretendían controlar.

La persecución de Bin Laden

Mientras las guerras continuaban, la búsqueda de Osama bin Laden se convirtió en una de las operaciones de inteligencia más prolongadas de la historia estadounidense. El líder de Al Qaeda había logrado escapar de Afganistán y permaneció oculto durante casi una década. Estados Unidos desarrolló una extensa operación internacional destinada a localizarlo y siguió diferentes pistas hasta identificar un complejo residencial en Abbottabad, Pakistán.

En mayo de 2011, un equipo de fuerzas especiales estadounidenses entró en el complejo y mató a Bin Laden. Para Washington, su muerte representó la culminación de una búsqueda que había comenzado inmediatamente después de los atentados. Pero también confirmó una realidad que la guerra contra el terrorismo había demostrado repetidamente. Eliminar a un dirigente no significa necesariamente eliminar una organización ni las condiciones que permiten que una ideología extremista continúe existiendo.

Al Qaeda sobrevivió a la muerte de su fundador y otras organizaciones adquirieron posteriormente mayor relevancia. La amenaza terrorista también cambió de forma. Las grandes estructuras centralizadas fueron acompañadas o sustituidas en algunos escenarios por organizaciones más pequeñas, células independientes y personas radicalizadas que podían actuar con menos conexión directa con una estructura internacional. La lucha contra el terrorismo comenzó entonces a concentrarse cada vez más en detectar redes, comunicaciones, movimientos financieros y procesos de radicalización antes de que se transformaran en ataques.

La guerra también llegó a Internet

En 2001, Internet todavía no ocupaba el lugar central que tendría en las décadas siguientes. Las redes sociales no existían como fenómeno masivo y los teléfonos inteligentes todavía estaban lejos de formar parte de la vida cotidiana. Sin embargo, el desarrollo de la tecnología digital durante los años posteriores transformó también la manera en que los grupos extremistas difundían propaganda, reclutaban seguidores y mantenían contacto entre sus miembros.

Las organizaciones terroristas comenzaron a utilizar páginas web, foros, plataformas sociales y posteriormente aplicaciones de mensajería para distribuir contenidos y atraer personas radicalizadas. Los gobiernos respondieron desarrollando capacidades de vigilancia digital y sistemas destinados a identificar patrones de comunicación y posibles amenazas. La lucha contra el terrorismo dejó de desarrollarse únicamente en las calles, las fronteras y los campos de batalla. También comenzó a librarse en servidores, redes digitales y plataformas utilizadas diariamente por millones de personas.

Ese proceso anticipó algunos de los debates tecnológicos más importantes del presente. La misma capacidad para analizar grandes cantidades de datos puede servir para identificar una amenaza y, al mismo tiempo, convertirse en una herramienta de vigilancia masiva. Los sistemas automatizados pueden detectar patrones que un investigador humano no podría encontrar con facilidad, pero también pueden producir errores y generar sospechas sobre personas que no representan ningún peligro. El desafío que comenzó a plantearse después del 11 de septiembre sigue vigente en una época en la que la información personal se ha convertido en uno de los recursos más valiosos del mundo digital.

Lo que permanece veinticinco años después

Veinticinco años después de los atentados, una parte importante de la arquitectura de seguridad construida tras el 11 de septiembre continúa formando parte de la vida cotidiana. Los aeropuertos mantienen estándares de inspección mucho más estrictos que antes de 2001, las agencias de inteligencia trabajan mediante redes de cooperación internacional que fueron fortalecidas después de los ataques y los sistemas financieros utilizan mecanismos destinados a detectar operaciones sospechosas relacionadas con actividades ilícitas. Las fronteras también incorporaron nuevas tecnologías de identificación y análisis de información, mientras que los gobiernos mantienen estructuras específicas para prevenir atentados y responder a amenazas terroristas.

La lógica que sostiene buena parte de estas medidas es preventiva. La prioridad ya no consiste únicamente en responder después de que ocurra un ataque, sino en intentar identificarlo antes. Esa transformación parece evidente desde la perspectiva actual, pero representó un cambio profundo después de 2001. La Comisión del 11-S había demostrado que Estados Unidos contaba con fragmentos de información que, reunidos y comprendidos a tiempo, podían haber permitido una respuesta diferente. Desde entonces, la capacidad para compartir información rápidamente entre instituciones se convirtió en uno de los principios fundamentales de la seguridad nacional.

La misma lógica se extendió a otros ámbitos. Los gobiernos desarrollaron sistemas para vigilar movimientos financieros, detectar amenazas digitales y controlar infraestructuras críticas. La cooperación internacional adquirió mayor importancia porque el terrorismo transnacional no respetaba las fronteras de los Estados. Un sospechoso podía vivir en un país, comunicarse desde otro, recibir dinero desde un tercero y planificar un ataque en un cuarto territorio. La seguridad comenzó a funcionar como una red internacional en la que la información debía circular con mayor rapidez.

Pero esa transformación dejó una pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva. Cuánto poder puede concederse a los gobiernos para proteger a una sociedad sin poner en riesgo las libertades que esa misma sociedad pretende defender. El debate sobre vigilancia, privacidad, controles fronterizos y uso de datos continúa porque las herramientas creadas después del 11 de septiembre no desaparecieron cuando disminuyó la atención pública sobre Al Qaeda. Por el contrario, muchas de ellas evolucionaron junto con la tecnología y adquirieron aplicaciones mucho más amplias.

Un mundo diferente

El impacto del 11 de septiembre tampoco puede medirse solamente por las guerras que siguieron. Los atentados cambiaron la política exterior estadounidense, modificaron las relaciones entre gobiernos y alteraron la manera en que muchos países entendían el terrorismo. Transformaron los aeropuertos, las fronteras y las estructuras de inteligencia, pero también cambiaron la percepción pública sobre la seguridad y el riesgo. Para millones de personas, viajar en avión dejó de ser exactamente la misma experiencia. Para los gobiernos, la posibilidad de que una pequeña organización pudiera producir una crisis internacional de enormes proporciones pasó a ocupar un lugar central en la planificación de seguridad.

Una generación entera de soldados estadounidenses creció combatiendo en Afganistán e Irak. Millones de civiles quedaron atrapados en conflictos que comenzaron o se intensificaron dentro del contexto de la guerra contra el terrorismo. Los veteranos regresaron con heridas físicas y psicológicas, mientras sus familias enfrentaban períodos prolongados de ausencia y las sociedades afectadas por las guerras cargaban con desplazamientos, destrucción e inestabilidad política. El costo de aquella mañana de septiembre no terminó cuando se apagaron los incendios del World Trade Center. Se prolongó durante años y alcanzó lugares que estaban a miles de kilómetros de Nueva York.

Para quienes nacieron después de 2001, buena parte de esa historia pertenece al pasado. Sin embargo, sus efectos siguen presentes en instituciones, leyes, procedimientos de seguridad y debates políticos. Un joven que atraviesa un control aeroportuario, un viajero cuyo pasaporte es revisado mediante sistemas automatizados o una persona cuya actividad financiera es sometida a mecanismos de detección de operaciones sospechosas está interactuando con un mundo construido, en parte, como respuesta a aquella experiencia.

La memoria de quienes no regresaron

En Nueva York, el lugar donde se levantaban las Torres Gemelas se convirtió primero en un gigantesco escenario de rescate y posteriormente en un espacio de memoria. Los edificios desaparecieron, pero los nombres de quienes murieron permanecieron. El Memorial del 11 de Septiembre recuerda a las víctimas en las huellas que dejaron las torres, mientras el museo conserva objetos, testimonios y documentos que permiten reconstruir aquella jornada.

La importancia de estos espacios no está únicamente en recordar una tragedia. También existe una batalla contra el paso del tiempo. Una fecha histórica puede terminar convertida en una cifra, una fotografía o una escena repetida tantas veces que pierde su dimensión humana. El 11 de septiembre fue, sin embargo, una sucesión de historias individuales. Fueron trabajadores que acudieron a sus oficinas, pasajeros que subieron a un avión, bomberos que respondieron a una llamada, policías que entraron en edificios en llamas y familias que, en cuestión de horas, recibieron una noticia que modificaría para siempre sus vidas.

Con los años, la memoria también ha adquirido otra función. Las nuevas generaciones conocen los atentados principalmente a través de imágenes y relatos de personas que los vivieron. Para muchos jóvenes, las Torres Gemelas no forman parte de sus recuerdos personales. Son edificios que existieron antes de que ellos nacieran y que conocen mediante fotografías. Por eso la transmisión de la memoria se ha convertido en una parte esencial de la historia del 11 de septiembre. Recordar no significa únicamente mirar hacia atrás, sino comprender por qué aquel acontecimiento produjo transformaciones que todavía afectan el presente.

El verdadero legado

La historia del 11 de septiembre no puede reducirse a una narración sencilla de ataques, guerras y respuestas militares. Hubo decisiones que aumentaron la capacidad de los gobiernos para prevenir atentados y hubo operaciones de inteligencia que permitieron localizar y desmantelar organizaciones terroristas. También hubo reformas institucionales que mejoraron la coordinación entre agencias y cambios en la seguridad aérea que dificultaron que los aviones comerciales volvieran a ser utilizados de una manera similar.

Pero también hubo guerras prolongadas, abusos, detenciones controvertidas, discriminación y una expansión del poder estatal que provocó debates sobre derechos civiles y privacidad. Algunas decisiones adoptadas en un contexto de emergencia terminaron teniendo consecuencias mucho más amplias de las que sus autores habían previsto. La guerra contra el terrorismo debilitó a determinadas organizaciones, pero también contribuyó a crear condiciones en las que surgieron nuevos grupos extremistas. La invasión de Irak no encontró las armas de destrucción masiva que habían sido presentadas como una de las principales justificaciones para la guerra y la posterior inestabilidad regional tuvo consecuencias que se extendieron durante años.

Ese es uno de los aspectos más importantes del legado del 11 de septiembre. El ataque obligó al mundo a reconocer la capacidad destructiva del terrorismo transnacional, pero la respuesta también mostró los riesgos de combatir una amenaza mediante instrumentos que pueden ampliar el poder del Estado, prolongar conflictos y afectar a personas que no tienen relación alguna con el terrorismo.

Veinticinco años después, muchas de las herramientas creadas entonces continúan presentes. Algunas se consideran indispensables para la seguridad. Otras siguen siendo objeto de controversia. Lo que cambió definitivamente fue la expectativa sobre lo que significa prevenir un ataque. Antes de 2001, gran parte de la seguridad consistía en responder ante una amenaza cuando esta aparecía. Después del 11 de septiembre, la prioridad pasó a ser anticiparla, identificar señales tempranas y conectar información antes de que se produjera el daño.

Ese principio continúa presente en los aeropuertos, las fronteras, los servicios de inteligencia, los sistemas financieros y las plataformas digitales. También explica buena parte de las discusiones actuales sobre vigilancia y privacidad. El desafío sigue siendo encontrar un punto de equilibrio entre la necesidad de proteger a una sociedad y la obligación de preservar los derechos de quienes forman parte de ella.

Las 8:46 de la mañana

El tiempo ha cambiado muchas cosas desde aquella mañana. Nueva York reconstruyó buena parte de su paisaje, los trabajadores regresaron a Manhattan, los aviones volvieron a cruzar los cielos estadounidenses y las calles recuperaron el ruido cotidiano que había desaparecido durante las horas posteriores al ataque. Los niños que aquel día vieron las imágenes por televisión crecieron, formaron sus propias familias y se convirtieron en adultos. Otros nacieron después y conocieron el 11 de septiembre únicamente a través de fotografías, documentales, libros y testimonios familiares.

Pero algunas fechas no envejecen como las demás. Cada año, Nueva York recuerda los nombres de quienes murieron y vuelve a señalar los momentos en que los aviones impactaron contra las torres y los edificios comenzaron a caer. Durante esos minutos, la historia deja de ser solamente una sucesión de leyes, guerras, decisiones presidenciales y operaciones militares. Vuelve a ser una historia de personas que salieron de sus casas aquella mañana sin saber que no regresarían.

El 11 de septiembre de 2001 terminó antes del mediodía, pero sus consecuencias no terminaron ese día. Se extendieron hacia Afganistán, Irak y otros escenarios de la guerra contra el terrorismo. Llegaron a los aeropuertos, las fronteras y los sistemas de inteligencia. Entraron en las leyes, en Internet y en la vida cotidiana. Cambiaron la manera en que los gobiernos entendían una amenaza y modificaron la relación entre seguridad, privacidad y libertad. También cambiaron la manera en que Estados Unidos veía el mundo y la manera en que una parte del mundo comenzó a mirar a Estados Unidos.

Veinticinco años después, muchas de las instituciones creadas o transformadas a raíz de aquellos ataques continúan funcionando. Algunas de las decisiones tomadas entonces todavía producen consecuencias políticas y algunas de las preguntas surgidas aquella mañana siguen sin una respuesta definitiva. El mundo no cambió simplemente porque dos edificios fueran destruidos. Cambió porque, durante unas pocas horas, millones de personas descubrieron que la distancia, el poder militar y la sensación de seguridad podían resultar insuficientes frente a una amenaza que había sido subestimada.

Aquel martes terminó con Nueva York cubierta de polvo y Estados Unidos sumido en el desconcierto. La reconstrucción comenzó casi de inmediato, pero la transformación fue mucho más lenta. Se desarrolló durante años en las instituciones, en las guerras, en los aeropuertos, en las fronteras, en las leyes y en la tecnología. Esa es, quizá, la dimensión más profunda del 11 de septiembre. El ataque duró unas horas. El mundo que produjo aquella mañana todavía no ha terminado de cambiar.

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