
Redacción
Costa Rica vuelve a mirar con preocupación el horizonte climático. Los pronósticos sobre la posible influencia del fenómeno de El Niño anticipan un escenario conocido, menos lluvias, mayor presión sobre las fuentes de agua y nuevas dificultades para la agricultura, la ganadería, el turismo y miles de familias dependientes de un abastecimiento cada vez más vulnerable.
Guanacaste conoce mejor que nadie esa realidad. La Región Chorotega soporta durante décadas los efectos de prolongados períodos de sequía, con impactos que trascienden el campo y alcanzan la economía, el empleo y la calidad de vida de sus habitantes.
Pero, en medio de esa amenaza, surge una paradoja que merece ser analizada con seriedad.
Según nuestras fuentes, mientras el país se prepara para enfrentar una posible escasez de agua, entre enero y julio de 2026, cerca de 500 millones de metros cúbicos de agua, provenientes del Sistema Hidroeléctrico Arenal, continuaron su recorrido hacia el océano Pacífico, luego de cumplir su función en la generación de electricidad. El resto del año, al parecer, esa cifra disminuirá en un 70 %.
No se trata de cuestionar la operación del sistema hidroeléctrico, sino de plantear una interrogante que resulta inevitable, ¿puede parte de ese recurso convertirse en una herramienta para enfrentar la sequía antes de que llegue al mar?
La respuesta no puede construirse sobre ocurrencias ni improvisaciones. Debe sustentarse en estudios científicos, técnicos, ambientales, económicos y sociales. Precisamente, corresponde al Gobierno de la República, junto con el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), el Servicio Nacional de Aguas Subterráneas, Riego y Avenamiento (Senara), el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA), el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) y la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), impulsar cuanto antes una evaluación integral que determine si esta alternativa es viable.
Entre las opciones a corto plazo se encuentran estaciones de bombeo, impulsadas con energía solar; infraestructura para conducir y almacenar agua; plantas potabilizadoras y sistemas de distribución para abastecer a comunidades y fortalecer el riego de las actividades agropecuarias en las zonas con mayor vulnerabilidad hídrica. En tanto, paralelamente, continuar con la gran obra del agua para la bajura, hoy, con un 26,5 % de avance, según el ICE.
Esta propuesta de inmediatez para contrarrestar los efectos de El Niño no pretende promover una obra de gran magnitud sin respaldo técnico. Lo que plantea es algo mucho más razonable sobre la forma en que Costa Rica administra uno de sus recursos más valiosos en un contexto marcado por el cambio climático y la creciente incertidumbre hídrica.
Cada metro cúbico de agua que hoy se desaprovecha podría representar mañana una oportunidad para garantizar agua potable, proteger la producción de alimentos, sostener el empleo rural y fortalecer la resiliencia de las comunidades.
Costa Rica demostró al mundo que puede liderar en conservación ambiental y ahora tendría la oportunidad de demostrar ese liderazgo en planificación hídrica, anticipándose a los efectos del cambio climático con soluciones sustentadas en el conocimiento y la innovación.
Si los estudios concluyen que aprovechar parte de esos caudales es técnica, ambiental y económicamente viable, el país habrá encontrado una alternativa para fortalecer su seguridad hídrica. Si concluyen lo contrario, también se habrá cumplido un objetivo fundamental: tomar decisiones con base en evidencia.
Lo que Costa Rica no puede permitirse es ignorar la pregunta. Porque el verdadero riesgo no es que la propuesta resulte inviable; el verdadero riesgo es no estudiarla mientras la sequía vuelve a amenazar a Guanacaste y millones de metros cúbicos de agua continúan perdiéndose en el mar.
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