
Redacción
Durante décadas, Costa Rica construyó una identidad internacional ligada a la estabilidad política, la ausencia de ejército y una tasa de criminalidad comparativamente baja en el contexto latinoamericano. Pero la historia de sus crímenes más mediáticos cuenta otra narrativa, una evolución silenciosa que va desde homicidios aislados que conmocionaron a todo el país hasta una violencia más frecuente, más compleja y muchas veces vinculada a redes criminales transnacionales.
La transformación puede leerse como una línea histórica que comienza con uno de los casos más recordados de la crónica judicial costarricense, el llamado crimen de Colima.
El crimen que marcó a una generación
En la noche del 23 de diciembre de 1951, los cuerpos de Gloria Porras Alvarado y su novio Carlos Arias Acuña, ambos de 20 años, aparecieron en un cafetal en Colima de Tibás, al norte de San José. El doble asesinato —acompañado de robo y violencia extrema— provocó una conmoción nacional que duraría décadas.
En una Costa Rica todavía rural, con poco más de 800 mil habitantes, el crimen ocupó portadas durante meses. La investigación terminó con condenas de hasta 40 años de prisión, pero el caso quedó envuelto en polémica por denuncias de confesiones obtenidas bajo tortura y posibles errores judiciales.
El impacto cultural fue tan profundo que inspiró obras literarias y análisis sobre el sistema penal del país. Pero, más allá del debate judicial, el episodio marcó el inicio de una tradición mediática, el crimen que paraliza al país entero.
Durante las décadas siguientes, los homicidios en Costa Rica seguían siendo relativamente escasos y normalmente vinculados a conflictos personales o pasionales. La violencia organizada todavía no definía el paisaje criminal.
Crímenes que sacudieron la percepción pública
Con el paso de los años y la llegada del nuevomilenio, algunos casos comenzaron a redefinir la relación de la sociedad costarricense con la violencia.
En 2008, el caso del Casino White House estremeció al país. Tres jóvenes trabajadoras fueron interceptadas al salir de su empleo, secuestradas y atacadas violentamente por dos hombres. Una de ellas murió y las otras sobrevivieron a la agresión. Los responsables recibieron condenas que superan los 170 años de prisión.
El crimen reveló una brutalidad que muchos costarricenses asociaban más con otros países de la región que con su propia realidad.
Cinco años después, otro caso generaría indignación internacional, el asesinato del ambientalista Jairo Mora Sandoval en 2013. Mora fue secuestrado y asesinado mientras protegía nidos de tortuga baula en el Caribe costarricense. Su cuerpo fue encontrado golpeado y asfixiado en la playa.
La muerte de Mora puso en evidencia la presencia de redes criminales en zonas costeras y abrió un debate sobre la protección ambiental y la seguridad en áreas turísticas.
En 2015, el país volvió a conmocionarse con el asesinato de Gerardo Cruz, un joven que había denunciado en video un caso de acoso callejero. Días después fue apuñalado y murió semanas más tarde. El crimen provocó protestas y discusiones sobre violencia urbana, redes sociales y justicia.
Cada uno de estos episodios parecía excepcional. Pero, vistos en retrospectiva, eran señales de un cambio más profundo.
El giro estadístico, cuando la violencia empezó a crecer
Las cifras oficiales muestran que la violencia homicida en Costa Rica ha experimentado un aumento sostenido en la última década.
En 2013 el país registraba 411 homicidios, con una tasa de 8,7 por cada 100 mil habitantes.
Diez años después, el panorama era radicalmente distinto. En 2023 se registraron 906 homicidios, la cifra más alta de la historia nacional, con una tasa cercana a 17,7 por cada 100 mil habitantes, más del doble que una década antes.
Entre 2012 y 2022 el aumento fue constante, pasando de 407 homicidios a más de 650.
Los investigadores del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) y del Observatorio de la Violencia coinciden en que el cambio no es solamente numérico. También es cualitativo.
Mientras que décadas atrás los homicidios responden principalmente a conflictos personales, hoy una proporción creciente está vinculada a disputas por narcotráfico, ajustes de cuentas y redes criminales internacionales.
El país, ubicado estratégicamente entre Sudamérica y Norteamérica, se convirtió en un punto clave para el tránsito de drogas.
Nuevos actores del crimen organizado
El auge del narcotráfico también dio origen a nuevas figuras del crimen local.
Uno de los nombres más conocidos es Alejandro Arias Monge, alias “El Diablo”, considerado por las autoridades uno de los narcotraficantes más buscados del país y vinculado a múltiples homicidios y operaciones de lavado de dinero.
Las disputas entre bandas por territorios, especialmente en provincias como Limón, Puntarenas y Guanacaste, han contribuido a elevar las tasas de homicidio.
En muchos casos, los asesinatos se ejecutan con métodos cada vez más asociados al crimen organizado internacional, sicariato, armas automáticas y ataques en vía pública.
Crímenes recientes que reflejan una nueva etapa
En los últimos años, los casos mediáticos muestran cómo la violencia ha penetrado ámbitos muy diversos de la sociedad.
En 2024, por ejemplo, un exagente del OIJ fue asesinado con 26 disparos en Pococí en un crimen que las autoridades vincularon a conflictos personales y familiares, pero que evidenció el uso extremo de violencia incluso en disputas privadas.
En 2025, el asesinato del opositor nicaragüense exiliado Roberto Samcam en las afueras de San José generó sospechas sobre posibles conexiones internacionales, un fenómeno cada vez más presente en investigaciones criminales.
Y en febrero de 2026, el asesinato del surfista y empresario Kurt Van Dyke en Limón volvió a captar la atención nacional e internacional, en un caso que mezcla hipótesis de robo con posibles disputas relacionadas con negocios inmobiliarios.
Cada caso revela un patrón distinto, pero todos reflejan una realidad compartida, el crimen en Costa Rica se ha vuelto más complejo.
El país que enfrenta su nueva realidad
Para muchos sociólogos y criminólogos, el aumento de la violencia responde a una combinación de factores.
El crecimiento del narcotráfico regional, la desigualdad social, la expansión urbana desordenada y la presencia de redes criminales transnacionales han alterado el equilibrio de seguridad que durante décadas distinguió a Costa Rica.
Al mismo tiempo, el país mantiene instituciones judiciales relativamente sólidas en comparación con otras naciones de la región, lo que explica que muchos crímenes de alto perfil terminen con condenas significativas.
Pero el cambio cultural es evidente.
Si en 1951 el crimen de Colima sacudía a un país entero por tratarse de un hecho extraordinario, hoy los titulares sobre homicidios son mucho más frecuentes.
El asesinato de un joven en Liberia —uno de los episodios más recientes en la cronología de violencia que sacude al país— refleja esa nueva normalidad inquietante, un país que sigue siendo, en muchos indicadores, uno de los más seguros de América Latina, pero que enfrenta una tendencia de violencia que ya no puede considerarse excepcional.
Entre aquel cafetal en Colima hace más de setenta años, pasando por la masacre en la cruz de Alajuelita, los decapitados en el río Chomes, la masacre de jóvenes en Liberia y los crímenes que hoy ocupan las portadas, donde leer que alguien mató y descuartizó a su pareja es normal, la historia del crimen en Costa Rica es también la historia de una sociedad que intenta comprender cómo cambió su propia idea de seguridad.
