Cuando la fiesta termina, queda la comunidad

Las fiestas de Sámara dejaron ganancias a distintas organizaciones sociales.

Redacción

En Playa Sámara, una franja de arena tranquila en el Pacífico norte de Costa Rica, las fiestas cívicas de fin de año suelen dejar tras de sí música, luces y el rumor de los visitantes que regresan a casa. Este año, sin embargo, también dejaron algo menos efímero, un pequeño fondo de inversión comunitaria que apunta a resolver necesidades concretas en educación, deporte y sostenibilidad.

Seis organizaciones locales recibirán en conjunto ¢4,1 millones, recursos generados durante las celebraciones realizadas entre diciembre y enero, según el informe económico de la Cámara de Turismo de Playa Sámara, la entidad que asumió la logística del evento. Para una comunidad que vive casi por completo del turismo, el destino de esos fondos revela una apuesta por convertir la prosperidad estacional en oportunidades más duraderas.

La mayor asignación, ¢1,6 millones, irá al Liceo de Playa Sámara, donde se planea habilitar un aula de gastronomía. La idea es formar a estudiantes en un oficio que dialoga de manera directa con la economía local, dominada por restaurantes, hoteles y pequeños emprendimientos culinarios. “Capacitar en gastronomía es abrir una puerta real al empleo en la comunidad”, dijo Massimo Gambari, presidente de la Cámara de Turismo, al describir la iniciativa como una inversión en el futuro inmediato de los jóvenes.

El reparto de los fondos también refleja una preocupación por el entorno que sostiene a la comunidad. El Programa Bandera Azul Ecológica recibirá ¢400 mil, en un momento en que Sámara ha logrado mejorar su calificación gracias a campañas de limpieza y prácticas ambientales que el año pasado elevaron su reconocimiento. Para los líderes locales, la sostenibilidad no es una consigna abstracta sino una condición para que el turismo —la principal fuente de ingresos— no erosione el mismo paisaje que lo hace posible.

Otra parte del dinero irá a la Asociación CREAR, un proyecto educativo comunitario que desde 2009 ha ampliado su oferta de apoyo a preadolescentes y adolescentes, con énfasis en educación ambiental, arte e idiomas. Con ¢400 mil destinados a útiles escolares, la organización busca sostener programas que, en muchos casos, suplen carencias estructurales del sistema educativo formal. Incluso la parroquia local recibirá recursos para renovar un espacio que funciona como punto de encuentro para actividades comunitarias.

El deporte, un elemento central en la vida social de la playa, también se verá beneficiado. Dos equipos de fútbol playa —uno femenino y otro masculino— recibirán fondos que permitirán mantener entrenamientos y competencias en una disciplina que, más allá del espectáculo, ha servido como espacio de pertenencia para jóvenes de la zona.

Para la Cámara de Turismo, las fiestas se han convertido en algo más que un evento recreativo. En dos años de gestión, la organización ha insistido en que la transparencia y el retorno social son parte del contrato implícito entre el turismo y la comunidad que lo acoge. En un destino donde la economía depende del flujo de visitantes, la redistribución de los ingresos festivos funciona como un recordatorio de que el desarrollo local no se mide solo en ocupación hotelera, sino en aulas equipadas, playas más limpias y oportunidades que permanezcan cuando la temporada alta se disipa.

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