Salpicando el pueblo… Toño Pastrana, el maestro artesano del calzado

Fabio Vega

Los fuertes rayos solares, como auxiliar de topógrafo durante la construcción de la carretera a Tilarán, lo llevaron a buscar refugio bajo la sombra de su zapatería. Frisaba los 12 años.

Pasado el mediodía hace la siesta sobre una silla de hierro artesanada y no en la banca de la otrora Guardia Rural, donde nunca pasó a sentarse por un castigo policial. Se balancea a veces en el pequeño corredor de esa casa destinada en el pasado a la seguridad pública y que hoy cumple con otro tipo de seguridad: la alimentaria a cargo de soda “La Fuente”, a la que acude, bordón en mano, tres veces al dia.

Toño llegó en 1950 a Bagaces, procedente de Liberia adonde había arribado dos años antes al emplearse en la zapatería de “Lalo” Baltodano.

Ahí comenzó un periplo de más de 40 años aliado al cuero, las agujas, las tijeras, el pegamento y cuanta herramienta del calzado aprendió a utilizar para convertirse en uno de los mejores artesanos zapateros del país y Centroamérica.

Pastrana es único en su estilo y a no ser por el azúcar estaría hoy dándole a la horma y no a la insulina para controlar el azúcar en la sangre.

“Me han ofrecido volver, me han ofrecido máquinas pero estoy jodido… Es peligroso por el azúcar y por mi salud”.

Al dejar la carretera abrumado por el sol, entró al mundo de las tres líneas: alistar, cortar y armar, en su pequeño y emprendedor negocio de servicio y de empleo a la comunidad.

Bajo su mando ensenó el arte y oficio a bagaceños a los que hoy recuerda con cariño sin olvidar a “Renato”, su hijo Gerardo.

“El jodido (Gerardo), nunca quiso aprender… Lo llevaba al negocio y lo que hacía era sentarse en la ventana… ah pero ve, tengo seis nietos, un montón de bisnietos y hasta una nietita pequeñita al otro lado (Nicaragua)”, lo dice con larga sonrisa y orgullo de abuelo y bisabuelo.

“Lo has visto” me pregunta, a “Renato”, cuestiono… Siií, riposta… , claro tras comentarle que salió bueno al baile de la quebradita (bachata)… por ahí anda con el camión, me dice sobre mi amigo y compañero de andanzas junto con Gerardo Ordoñez.

El sonriente Toño no pierde el sentido del humor, una que otra carcajada larga, entre sus anécdotas y comentarios pero frunce el ceño al recordar el asalto al mediodía cerca de la soda para robarle su modesta pensión con la que vive.

Su picardía latente sale a flote al recibir un “Toñito” de saludo con respuesta recíproca y respetuosa a la fémina que lanzó ese dardo amistoso al caballero.

A su lado su imseparable bordón, entrelazado en sus dedos, es su punto de apoyo para ir de un lado a otro, a su casa, a la clínica, a recorrer las calles o a sentarse al parque a montar tertulia con sus amigos.

“Voy a todos lados a pie, yo no pago taxi, eso me ha ayudado a mantenerme desde que retomé la insulina”.

Su primera zapatería alzó vuelo en la esquina donde hoy se encuentra un lote baldío a 50 metros norte de su casa de habitación, luego migró cerca de la casa de Núñez (hoy se ubica una panadería de reconocida franquicia) o a un aposento de los Ferrer ocupado el espacio por un supermercado regional.

En su diario quehacer y con su tropa de trabajadores llegó a producir 35 pares de zapatos por mes.

Eran calzados únicos muy buscados por salvadoreños, nicaragüenses, hondureños y hasta mexicanos que pasaban por su pequeño local donde no podía faltar las rancheras o canciones del momento, amén de la camaradería. Ahí también llegaron altos empresarios ejecutivos de la capital, entre ellos deportistas seleccionados de polo.

Las botas mexicanas eran las más solicitadas, después los zapatos “Turrialba” , una especie de botin con fajitas de amarres y que solo él las fabricaba en el país luego de los Laso en Alajuela.

Hoy Toño añora las mejengas vespertinas en la cancha del estadio. Era un fiebre para el mejengon de la tarde, del 20 contra 20, bola al aire y el que mete el último gol gana. Era multifuncional, jugaba todas las posiciones, como los grandes craks tocando la “cuero e chancho” (bola) en espacio reducidos, sin moverse mucho y soltando una que otra carrerrilla como para estirar piernas u oxigenar pulmones.

De sus trabajadores a todos los recuerda en especial a “Cartaguito”, el único que aprendió las tres líneas de armar, alistar, cortar y hasta remendar.

Al recordarlos cita a Zacarías, el único activo especializado en remendar; a Viriato, su alistador; Foforito y Antonio Sotela, sus armadores ” y yo que cortaba y le ponía también a las otras acciones del oficio” .

De caminar lento por la afectación del azúcar y de sentirse “aguevado” de tanta insulina, la vida le ha permitido pasar de un pueblo sin luz eléctrica a vivir la era de las redes sociales y altas tecnologías.

Irónicamente como todo herrero con su cuchillo de palo, no guardó ningún calzado para él; usa lo que llama zapatos desechables. En “Salpicando el pueblo” , Antonio “Toño” Pastrana, el maestro artesano del calzado, residente en Bagaces, es de esos robles centenarios, de esos hombres que han nacido, “tienen piel y esperanza” , como nos lo recuerda el poeta Jorge Debravo (QdDg), en su poema “Hombre”.