Un 18 de enero de 1989 en Plaza Los Mangos

Juan Buenatierra

Bajo el cielo santacruceño en enero de 1989, el Cristo de Esquipulas o como se le conoce en el cantón folclórico, el Cristo Negro, fue testigo de una de las mejores montas que se han podido recordar en las fiestas típicas de Santa Cruz.

Ya la tarde le daba paso a la noche de aquel lejano 18 de enero. La corrida vespertina había sido como se esperaba, lo mejor de lo mejor del ganado criollo, los montadores, uno a uno fue comiendo polvo, la barrera de los ocho segundos ese día se volvió inalcanzable para cuanto envalentonado sabanero con aires de grandeza se calzaba las espuelas y se encaramaba al lomo de algún animal, las bestias ganaban esa tarde.

El último de los toros, el Bolsa de la ganadería de Uvences Angulo, aún esperaba por el valiente que, en aquella tarde de enero, en el último día de las fiestas se atrevería a montar al famoso bovino, toro invicto, todo bueno.

Con esa referencia no aparecía hombre que quisiera jugar con este animal, el mandador de la corrida, micrófono en mano, hacía retumbar su potente voz por los altoparlantes alrededor del tablado, “¿cuál es el hombre que quiere apretar piernas y calentar la sentadera a este animal?”, repetía aquel hombre.

El Sol ya casi sucumbía a la noche, dándole campo a la Luna, el tiempo parecía que se detenía, los segundos parecían minutos y los minutos horas, el astro rey sabía que aquella sería la mejor jugada de todas las fiestas, testigo quería ser de tan magnífica obra de arte en la Plaza Los Mangos.

Los suaves rayos de Sol dejaban ver un tenue tono café en el aire, el polvo se mantenía estático, como si hubiera estado toda la eternidad, desde la misma creación del Mundo. El Bolsa, sin ningún reparo, con toda su magnitud aguardaba por aquel valiente que se atrevería a montarlo esa misma tarde. Era la última jugada de aquel animal, podía retirarse invicto, solo le faltaba esa última monta para que su fama lo sobrecogiera el resto de sus días en la finca de su dueño.

Las autoridades locales, junto a la Reina de las fiestas, sus Damas, algunos invitados, aguardaban en el palco de honor patrocinado por una marca de guaro. Las mujeres ataviadas con sus mejores galas engalanaban el último día de fiesta, los carajillos corrían a buscar un espacio para observar el retiro, la última monta de aquel animal.

Los hombres, ya no tan hombres ante aquella bestia, conocían que cuanto valiente se había atrevido en su momento a gritar “¡puerta!” encaramado en el lomo del Bolsa, no había pasado de los ocho segundos que tiene un montador para dominar un toro. Veían con temor.

Se escuchaba en todo Guanacaste que, si hubiera salón de la fama de los montadores, tendría que estar el Bolsa como un gran campeón. De buena figura, imponente, con salto elegante. Tendrán que poner una placa con la lista de todos los que sucumbieron a sus arremetidas, siempre con respeto, sin querer lastimar a nadie, como se diría, con jugadas limpias, así era el Bolsa, toro invicto, toro bueno.

La noche ya se había hecho presente aquel día, el Sol triste se acostó sin poder ver la jugada, la mejor jugada.

Entre aquel gentío, se vislumbró una escuálida figura, un joven hecho y derecho, nacido de las entrañas de Santa Cruz, un montador casi retirado por motivos de fuerza mayor, su trabajo en la capital lo alejaba de su pasión, la monta. Su fama también lo antecedía, hombre hombre, sabanero y montador.

No podía aceptar que aquel animal se retirara sin haber sentido la fuerza de sus piernas y el duro hierro de su espuela corrediza, como los montadores de verdad.

La voz ronca y arrastrada de un hombre acostumbrado a gritar, a llamar, a mandar en la bajura guanacasteca, impactó en el oído del mandador, el cual no paraba de invitar al valiente que jugaría en la última monta del Bolsa.

Iván Alvarado Álvarez, joven curtido al Sol, a la faena, alimentado con cuajada, con leche al pie de la vaca, con gallina rellena, tortilla con manteca de chancho, educado con ceniza de fogón, bueno para las mujeres, al baile, al trago y al chicharrón.

Este hijo del cantón folclórico, con la seguridad de saberse vencedor, se amarró las espuelas que después de un rato de conversar con el mandador al final se las dio.

Se socó la faja, apretó el sombrero, con paso lento se acercaba a la manga, su mirada se entrelazó con la del animal, por un segundo solo fueron hombre y bestia, la bulla del respetable previo a la jugada no parecía interrumpir el enlace de las dos creaciones del Cristo de Esquipulas.

Por un momento comenzó a retumbar en la mente de aquel varón las palabras de la viejita, la abuela Angelina, la misma que durante años suplicó por el amor que le tenía que se alejara de aquella pasión, misma que consideraba una vagabundería, él a pesar del amor que le tenía, además, su corazón solo le pertenecía a ella, siempre la atormentaba con sus historias encima de cuanto animal se le presentaba y como uno a uno fue domando con sus dotes.

Esa tarde, ya de noche, donde el Sol se había escondido dejando ver por el reflejo de la Luna aquella faena. Hombre y bestia uno solo, cada uno peleando por apoderarse del invicto del otro.

¡Puerta! Gritó aquel hombre, dicen que ese grito se escuchó hasta el otro lado del río Lagarto. La mansedumbre del Bolsa se quedó en la manga, era su última jugada, el animal lo sentía; soltó su furia tratando de botar a aquel que se había atrevido a montar en su lomo, lo que el toro no sabía, es que también era la última monta del montador.

Los segundos transcurrían lentamente, los golpes del animal al suelo sacudían la humanidad de Iván, los gritos previos de la multitud apoyando a hombre y toro por igual se escuchaban en todo Santa Cruz, mismos que quedaron en silencio una vez escuchado el grito del montador.

El silencio reinaba en todo Santa Cruz, el redondel veía con entusiasmo aquella jugada, los chinamos alrededor, carruseles y cuanta atracción había aquel día de fiesta, quedaron vacías para ver esa jugada, las marimbas que desde el 14 de enero habían estado tocando, los minutos previos callaron su alegre sonar, los marimberos, taxistas, dependientes y cuanto hombre, mujer y niño estaba en Santa Cruz paró su trajinar para observar la corrida.

El golpeteo del Bolsa al suelo de la arena junto con el grito de Iván de “no me baqueteen al toro, déjenlo jugar limpio” era lo único que se escuchaba en aquellos segundos. La barrera de los ocho segundos se veía ya cercana.

En desesperación del toro por retirarse invicto, un brinco monumental hizo que el montador saliera disparado, más de cinco metros en el aire cual chuica viejo Iván volaba por el cielo santacruceño, el suspiro en todos los presentes fue lo único que interrumpió el silencio.

Iván cayó de pie con una gran sonrisa, hombre y animal, ya no eran uno. El gritó de júbilo invadió la arena, un sabanero fue el primero en llegar al lado del montador, abrazando al hombre, le dijo, “primo, yo a usted lo abrazo hoy, porque hoy usted ha dado la mejor monta que todos los que estamos aquí hemos visto en nuestras vidas”.

La invasión del redondel fue inevitable, la multitud alzó en hombros a aquel hombre que dio la batalla de su vida, la aclamación porque no se retirara se hacía más fuerte, al final solo los ríos no se devuelven.

Los caminos de los contendientes tenían distintos destinos, el Bolsa en la finca disfrutando de su jubilación e Iván en San José laborando en el oficio que lo terminó de alejar de su pasión, dándole el regalo al amor de su vida, la abuela Angelina.

La viejita ya en el cielo, alegre espera que cuando Tatica Dios quiera mandar a llamar a su muchacho seguir amando a ese condenado que al final después de aquella monta le cumplió el sueño a la única mujer que ha amado de verdad.

Iván espera que allá en cielo también toparse al Bolsa y volver a jugar con el único toro que ha sido digno rival. El cronómetro paró en 7:59, una milésima lo separó de aquel invicto.

El Bolsa 1, Iván 0.