Historia de una niña en una finca cualquiera de Guanacaste en 1933

La vida en los años 30`s en Guanacaste no era fácil, menos para una una niña de seis años en una finca en Abangares en el año de 1933, era duro para los peones, pero también para los menores en una provincia que desde pequeños se hacías hombres o mujeres de trabajo

Rosa Jiménez, hoy de 93 años con la vida hecha a base de esfuerzo, una vida plena y feliz, aún ama a su madre con todo su corazón.

Por: Juan Buenatierra

La noche había sido calurosa, los vientos que refrescaban el día ya iban pasando, esos aires que hacen más frescas las tardes, los primeros días de aquel 1933 pintaban para ser un año seco, más de lo normal en aquel Abangares de los mineros.

Era el día 15 del primer mes de aquel año.

Las dos de la mañana en el reloj biológico de aquella mujer, la “matrona” de la finca, mujer fuerte, robusta, acostumbrada a la faena desde la madrugada. Los pasos en el piso de madera, piso desgastado, hacían rechinar en toda la habitación, en un pequeño camón Rosa de seis años que cumplía ese mismo día.

Las palabras fuertes de su madre la alertaron a ponerse de pie, con sus manitas se restregaba sus ojos, el sueño era pesado, pero ella sabía que pronto le pasaría, solo era cuestión de minutos para ponerse alerta.

Su madre ya había prendido un candil que postraba a la orilla de la cama, Rosa la miraba con dolor, era su cumpleaños, creía que su regalo podía ser dormir más, ya que no hay plata para comprar algún chuica.

¡Vamos! Dijo la madre en el preciso instante que le palmeaba la espalda, palmeaba no, empujaba. Ella ya sabía que hacer, salir afuera donde guardan la leña para prender el fogón, mientras su madre va adelantando la burra para los comensales que llegan en par de horas, 90 sabaneros que desde temprano en aquella finca se levantan a trabajar con el ganado, en la tierra o cuanta labor el patrón los mande.

Rosa con sus dos manos recoge leña, la más seca y delgada, aquella que ningún animal haya miado. Las lleva con cuidado, casi a tientas para no tropezar, el fuerte grito de su madre para que se apure hace que Rosa apresure el paso, ya su madre tiene un tizón, necesita de la madera para poder darle suficiente alimento y hacer la comida.

Su caminar con una carga pesada, hacen que sus frágiles piernas se tambaleen, pero no se cae.

Su madre recoge los troncos, Rosa sabe que tiene que volver un par de veces más a traer troncos más gruesos para alimentar el fuego, lo debe hacer rápido para no escuchar los gritos de su madre, quién sabe que cocinar para 90 hombres no es fácil, debe ser ligero.

Su vuelta a recoger la leña apenas le alcanza para llevar un par de troncos grandes, deberá volver unas tres veces más; así lo hace, sin decir palabra en obediencia.

El bullicio de los hombres va alertando a madre e hija, el momento de los primeros comensales, aquellos que deben ir a trabajar con el ganado ya va llegando. La burra con manteca de chancho casi está lista, como se hace en Guanacaste, burra bien frita y con solo cebolla de olores.

Los hombres entran, todos con la energía que les dio el descanso, descanso que Rosa no logró tener. El saludo es ameno, la madre de Rosa los saluda cordialmente, llegan toman un plato y les sirven una o dos cucharadas de burra; cada quién se sirve una jarra de café negro o agua dulce que la madre de Rosa ya había puesto en unas grandes ollonas a un lado de aquel fogón.

El resto de los hombres comienzan a llegar, Rosa debe levantar los platos que van dejando, darles una enjuagada y dejarlos listos para los siguientes, debe ser rápido sino sabe que el grito de su madre será su premio, el guacal de la tina se le resbala de sus manitas, haciendo un reguero en la pila, su madre pegando un madrazo asusta a Rosa. Los hombres, ninguno de ellos se inmutan y siguen en su tertulia.

El último peón ya se había ido, Rosa corre a lavar el plato y traer más leña, hay que mantener el fuego encendido para proceder con el almuerzo de las 10.

Ya el Sol despuntaba al saliente, la madre sirve dos platos de burra, un poco de café negro que endulzaban con melaza, llama a Rosa, esta dejando de hacer lo que estuviera haciendo se acerca a la mesa a zamparse la burra, ella creía que por ser su cumpleaños iba a comer más antes, pero no fue así.

La limpieza del galerón donde comían los hombres, así como de traer la leña, lavar los platos era tarea de Rosa.

La comida ya estaba en preparación, arroz, un poco de frijoles, cuadrado frito y un poco de carne que los hombres habían traído de un ternero que desbocaron al propio para que el patrón lo matara, tal vez el patrón les regalara algo de carne.

Esa carne ya llevaba varios días de estar ahumando, la madre de Rosa de cuando en vez la pringaba con sal, la sal, de la misma que le dan a los caballos, Rosa tenía que ingeniárselas para pulverizarla con una técnica que un peón le había explicado a su madre y esta a ella.

Sus dedos todos chollados, dañados por la sal, no eran factor para el cariño de su madre.

El ruido de los caballos y el grito de los hombres alertaron nuevamente a madre e hija a estar atentas, la algarabía reinó nuevamente aquel salón, los pies descalzos arrastraban esa tierra que Rosa sabía debía limpiar más luego.

Uno a uno fue pasando por su comida de arroz, frijoles, cuadrado frito y un pedazo de carne ahumada de una costilla que el patrón les había regalado, el resto el mismo patrón lo había negociado y para su casa.

Los 90 hombres iban pasando, Rosa veía como aquel pedazo de carne cada vez más se iba reduciendo, tenía la esperanza de probar carne, al fin era su cumpleaños. Los últimos hombres con puñal en mano terminaron de arrancar la carne dejando los huesos con carne entre ellos.

Rosa pensó que tal vez y solo tal vez podía comer ese hueso y sacar algo de carne. Aquel hombre, lo tomó, lo chupó y se lo arrojó a los perros, una pequeña lágrima de dolor cayó por la carita de Rosa que estaba ya sucia de jalar leña y lavar platos.

Los hombres se iban, Rosa escuchó el grito de la madre que la llamaba a comer, arroz, caldo de frijoles y un pedacito de cuadrado frito, ella con un nudo en su garganta comía mientras veía el hueso mugriento que los perros habían dejado, sabía que después lo tenía que recoger.

La faena debía continuar, la cena de las cinco de la tarde antes de dormir era la última.

La tarde era calurosa, nuevamente arroz, más frijoles y banano sancochado con sal y un poco de manteca de chancho.

Ya llegaban los hombres, cada quien más pausado, había sido un día duro, el calor los había golpeado, ya los gritos dejaron campo a los murmullos, llegaban, comían y dejaban el plato. Rosa debía recogerlo y lavarlo.

A mitad del servicio, Rosa cargando varios platos tropezó y cayó, los sobros de comida y el escándalo por todo el salón alertaron a su madre, Rosa esperaba que no le pegaran, era su cumpleaños, una cortada en uno de sus bracitos no fue impedimento para que su madre de un solo cuerazo la levantara del piso, con gritos y el ¡vaya recoja eso y se lava rápido! Ninguno de los hombres le importó. Rosa con el orgullo destruido y con lágrimas en su rostro y dolor en su corazón se levantó, recogió el desorden, se lavó y siguió.

Ya todo iba terminando, el Sol ya se escondía en el poniente, los últimos bocados de comida de Rosa, a acomodar y de seguido a bañarse con guacal y agua fría, se restregaba y el dolor de su herida le dolía, pero no podía llorar, las mujeres de verdad no lo hacen.

Su madre terminaba de alistar todo para el otro día. Rosa se vistió, se fue acostar a su camón, minutos después llegó su madre y colocó el candil al lado de su cama, lo apagó, toda la habitación quedó en completa oscuridad.

Rosa llorando en silencio, al fin y al cabo, es su cumpleaños, no comió antes, ni almorzó carne, ni la carga del trabajo fue más liviana, fue igual que cualquier día.

Sus ojitos ya se cerraba, el cansancio la gobernaba, en eso la voz de su madre la despertó y le llenó el corazón, era su madre y ella la amaba.

  • ¡Rosa!
  • Si madre. – Respondió Rosa enseguida.
  • ¡Feliz cumpleaños muchacha!