Hambre en tiempos de pandemia

La incertidumbre por la situación para algunas personas no radica en las medidas impuestas por el gobierno, negocios cerrados, restricción vehicular, calles vacías, no, lo que preocupa a un sector de la población es el hambre que comienza a ser más latente

Mientras el tiempo pase, la necesidad crece.

Por: Gustavo Adolfo Solera Castillo

La situación conforme pasan los días se ha vuelto más crítica, ya la preocupación se ha apoderado del grueso de la población, el miedo al contagio por el covid-19 se ve reflejado  en los rostros de la mayoría de personas que por una u otra razón salen de sus casas para trabajar o simplemente para ir a comprar algo a una pulpería, el súper o una farmacia.

Las medidas del gobierno traen un peso a la población que sienten el ahogo.

Para un importante número de personas las medidas restrictivas, el cierre de negocios y la poca circulación de personas en la calle hacen que el momento sea aún más delicado, es el caso de Manuel, Rodrigo e Isabel. Tres costarricenses que no se conocen pero con una misma historia que contar.

Para Manuel, un hombre de unos 50 años, mandadero de profesión, la situación es preocupante, no le importa que los carros no puedan circular tales días o tales horas, «de por sí, nunca he tenido carro», lo que de verdad le preocupa, es que su oficio no está siendo solicitado por la gente, eso le generaba unas pocas monedas al día para poder comer, algo que antes era complicado, pero ahora se ha vuelto una tarea difícil de llevar a diario.

«Ya la gente no está saliendo, antes iba a sacar citas a las clínicas, llevaba zapatos a la zapatería, iba aquí o allá, donde me mandaban iba, a pie eso sí para ahorrarme los pasajes y poder comprar algo de comer, por dicha tengo gatos y ellos saben como alimentarse, pero no crea, también me preocupa», me dice Manuel con una sonrisa que deja ver los pocos dientes que aún le quedan en la boca.

Este hombre vive en Pavas, en un barrio enclavado entre algunas fábricas, un lugar variopinto, donde la pobreza es tan palpable como la opulencia de algunos vecinos que mantienen buenos ingresos, mismos que les permite resistir de una manera diferente la situación.

Este josefino sabe que si el gobierno no suaviza las medidas para detener la propagación del virus, la «cosa» como llama él a su situación, se va a poner muy complicada.

«Vea –me dice Manuel mientras señala para unas de las casas vecinas-, ahí vive gente muy buena, la señora es una un ángel, doña Olga, ella sabe que tengo hambre y siempre me da un plato de comida, pero sé que tampoco puedo estar atenido a que ella, o el esposo, o los hijos me puedan ayudar, el hambre a veces pega fuerte y me da pena ir a incomodar, pero cuando voy es porque la panza me está pegando al espinazo. El gobierno debe de pensar en nosotros, pero es muy complicado, solo en tiempo de campaña lo hacen».

Rodrigo también es otra persona que ha visto como las medidas restrictivas por el coronavirus lo ha afectado de una forma parecida a Manuel.

Este treintañero vive solo en una de las tantas alamedas de los Hatillos, este hombre que tiene una hija pequeña, misma que desde que llegó el virus a Costa Rica no ve, se lamenta profundamente de eso.

Fornido, acostumbrado a trabajar desde pequeño para ganarse la vida, así es Rodrigo. Tiene un tono de voz alegre por momentos, un poco chabacano por lapsos, y preocupado la mayoría del tiempo.

«Desde que esto comenzó seguí trabando, soy pirata, y diay, usted sabe como es esto, si no se trabaja, no se come, hay que pagar cuentas, comida, ahí ayudo a mis tatas (papás en Costa Rica) y le mando lo que me corresponde a mi chamaquita (así se refiere Rodrigo a su hija), gracias a Dios la mujer sabe la situación y no me ha jodido mucho con lo de la pensión, sino ahí estaría sufriendo porque voy para la cholpa (cárcel)».

Él sabe que el momento que atraviesa el país es complicado, y también entiende que son medidas que se deben de cumplir para que todo vuelva a la normalidad.

«Lo que está haciendo el gobierno es lo correcto, pero hay un montón de mal amansaos que no entienden y salen, mientras eso pase, no va a mejorar en nada y vamos a seguir encerrados», manifestó Rodrigo en un tono de enojo.

Le consulto si tiene otra manera de ganarse la vida, a lo que me comenta que sí, pero que todo lo que hace ahorita no lo puede hacer.

«Me puedo ganar la vida de diferentes maneras, puedo trabajar en la construcción, como mesero o sacando borrachos de las cantinas, puedo hacer de mensajero en moto y otras cosas, pero todo está cerrado y no puedo hacer nada, incluso estuve pensando en ir a vender rosas o hacer malabares en los semáforos, eso de nada vale, ni carros hay y aunque hubiera, nadie quiere gastar».

Tiene miedo de sacar el carro para piratear, no desea arriesgarse.

«Conozco dos piratas que se la jugaron, ellos están igual que yo, con familia, les quitaron la placa y ahora ni plata para pagar cuando esto mejore, de verdad que eso lo desgracia a uno, sé que hay que quedarse en la casa, pero también hay que comer, lo que sucede es que los policías creen que uno no tiene necesidades y son sin compasión, prefiero aguantar hasta no sé cuándo».

Isabel, reflejo de miles de mujeres con necesidades

Esta mujer de paso firme, de tez morena, no negra, una upaleña que con la intención de mejorar la situación se vino a la ciudad de San José hace ya tres décadas, eso y siguiendo el amor de su vida, o lo que ella creía era el amor de su vida.

Ella ya separada de aquel hombre que la llenó de hijos y de deudas, perdió todo, casa, dinero, amigos y oportunidades, todo por la mala cabeza de su ex marido, como así lo asegura.

Hoy esta mujer se dedica a limpiar y lavar en casa ajena, así como en dos o tres negocios, su jornada comienza muy temprano y termina muy tarde, mantiene la esperanza que todo se va a solucionar, pero sabe que la pandemia ha traído además de enfermedad, pobreza.

Con un tono suave conversa conmigo como si me conociera de toda la vida, desde su pequeño cuarto en La Uruca atiende mi video llamada y hablamos algunos minutos.

La conversación va sin ningún aspaviento y advertido por ella misma que hablara sin problema, las preguntas cliché, ¿cómo la va pasando? ¿tiene comida? ¿cómo hace con las deudas? Y varios etc., todas fueron contestadas sin problemas, pero deja ver una preocupación mayúscula, la incertidumbre de lo que va a suceder en los próximos días.

«Ahora el problema mío no es no tener trabajo, ya las señoras de las casas me dijeron que no volviera, los negocios que limpio una soda y una kínder están cerrados, entonces no estoy ganando. Mi preocupación es de qué voy a vivir, cómo voy a pagar deudas, mi ex peor es nada me dejó abandonada y con deudas en el banco que estoy pagando, por más que he tratado de llamar al banco a explicar la situación, me dicen que van a estudiar el caso y que llame en siete días, así no se puede, no sé que voy a hacer».

Me cuenta que tiene algo de comida que buenos samaritanos le han regalado, un par de bolsas de arroz, frijoles, dos latas de atún, manteca y uno que otro sobre de sopa, pero su queja va más allá y levanta la voz.

«Nunca he sido una mujer echada, Dios sabe que no, soy trabajadora, agradezco mucho la ayuda, la verdad que no me gusta vivir a despensas de otras personas, no es justo para ellos, quiero trabajar, pero no hay dónde y eso es muy frustrante, necesito comprar toallas sanitarias y no tengo cómo, la verdad es que hago como antes, un pañito y ahí lo voy lavando», dijo sin ningún tapujo Isabel mientras se carcajeaba.

Al mismo tiempo le preguntaba por una bolsa que contenía la mitad de una bolsa de arroz, una caja de leche abierta y media bolsa de lentejas.

«¿Esto? Vea, esto me lo trajo una señora que sé que está peor que yo, pero el corazón de la gente es muy bueno, ella tiene hijas y está sola, igual que yo se quedó sin trabajo, ahí nos vamos dando la mano todos, ella me compartió a mí y así es es como es».

Actualmente en Costa Rica, el nivel de pobreza llega al 21,70 %, eso antes de la pandemia, los números van a crecer indudablemente y no se percibe un fin al problema pronto, no al de salud, sino al económico. El problema como ellos lo indican «se necesita que el gobierno ponga esto a caminar para seguir luchando, así es muy complicado». Personas como Manuel, Rodrigo e Isabel son un vivo ejemplo de los miles de costarricenses que como ellos tres viven un momento difícil, no tanto por el virus, a pesar que las medidas tomadas son un efecto colateral a la enfermedad, por lo económico, que está golpeando los bolsillos y el estómago de no pocos costarricenses.